viernes, 8 de enero de 2010

Ansiedad

Noticiero, novela brasileña, los simpson, otro noticiero, clip, dibujitos animados, documental. Noticiero, novela brasileña, los simpson, otro noticiero, clip, dibujitos animados, documental. Nada me conforma. No puedo despegar el dedo del control. Miro el suceder de las imagenes que no me dicen nada. Estoy tirada -casi podría decir literalmente tirada-, sin ganas de nada. Es sólo mi cuerpo el que está allí, mi mente está en otro lado, lejos, muy lejos.Noticiero, novela brasileña, los simpson... Todo es parte de un ciclo. Pienso en el trabajo, en los proyectos. ¿Cuánto llevaré consumido de tel? No importa, después consulto. ¿Cuántos días faltan para cobrar? Bastantes. ¿A dónde puedo ir? ¿Si tuviera posibilidades qué haría? Armo y desarmo viajes, estipulo prioridades, me enfrento con las dificultades, busco soluciones, pienso reacciones. Documental, noticiero, novela brasileña... ¿Este mes llega la factura de la luz o del gas? Da lo mismo. Tengo que estudiar. De repente me sorprendo mirando un video clip... y otra vez aparecen los recuerdos. Esta vez viajo hacia el pasado y casi puedo revivir las sensaciones de entonces. ¿Qué fue lo que pasó? Siento el dolor incontenible. El caudal de lágrimas cristalinas me remonta a la apertura de una represa, me queman los ojos. Y otra vez vuelvo a pensar en el viaje que hicimos. Las situaciones que compartimos. Los simpson, otro noticiero, clip, dibujitos animados, documental, noticiero, novela brasileña, los simpson... Sí, Homero también me recuerda a vos. Qué grotesco no? El antihéroe, el perdedor, el loser, limitado, feo, antiestético, desprejuiciado, inescrupuloso. Su ruptura con todos los parámetros sociales es quizás lo que lo hace real, y hasta adorable por parte de las masas de públicos que por años han soportado su presencia en la televisión y fuera de ella. Tenías de Homero mucho más que el cuadro que compramos juntos y que orgullosamente adornaba una de las paredes de tu casa. No podría asegurar si yo también adoraba esas características en vos. No puedo creer que haya sido así.Dibujos animados, documental... te encantaba ver los documentales. Vos y tu cultura general fomentada a través de voraces lecturas nocturnas y a base de infinitos informes televisivos. La no elección, también es una elección. Pienso cómo es posible que las personas se vayan construyendo cotidianamente a partir de sus elecciones, aún sin tener plena consciencia de ello. Me parece un juego injusto, ¿quién fija las reglas?Finalmente apago la tele. No tiene caso buscar respuestas en una caja boba. Me levanto y veo a través de la ventana. El otoño ya llenó de hojas amarillas y marrones la vereda de mi casa. Todavía quedan muchas hojas por caer. Todos son ciclos... Cuántas veces me vi a mí misma en esa misma situación: los ojos húmedos, la mirada perdida, las hojas secas, el viento soplando tenue, la ansiedad de esperarte y la tristeza de saber que ya no estás.

La causa raíz

Está oculta. Nadie la ha visto sino a través de sus manifestaciones. Los más sagaces dicen que es profunda. Los más exagerados hablan de algo inconmensurable, acaso poco comprensible. En algún momento tuvo su origen. Nadie puede precisar cuándo ni dónde, sin embargo aseguran que tiene un por qué. Es una incognita indescifrable en estado latente.Aunque no puedo verla, sé que está acechándome. Agazapada, expectante, desafiante. Alcanzar su fibra íntima acaso ayude a desenrollar la madeja de contrasentidos, a liberar la opresión. Con ese propósito me pregunto una y otra vez por qué, por qué, por qué, por qué, por qué.La siento crecer desde sus oscuras profundidades. La percibo moverse con rapidez contaminando cada parte de mi ser. Hace fuerza por salir. Me impulsa, me obliga, me exige, me arrastra, me asfixia. Ensombrece mis momentos. Me gana por cansancio. Me destruye, me agota. La savia que la ha alimentado a través de los años me ha quitado la fuerza. Ya no puedo luchar en su contra. Tampoco estoy a su favor. A estas alturas, no me queda otra que la resignación. No recuerdo cuándo advertí su presencia. Tampoco desde cuándo se ha convertido en mi obsesión. Más cerca la siento, más expuesta quedo. Fluye. Avanza poco a poco. Se mueve lentamente, pesadamente. Soy su territorio de conquista. Me invade, no ofrezco resistencia. Cada movimiento de mi cuerpo, cada pensamiento que expreso, cada anhelo que espero, cada búsqueda que emprendo está impregnada por su presencia. Me grita. Me expone. Me sensibiliza. Durante mucho tiempo procuré acallarla. Pero ya no puedo. No tengo secretos. Me abraza, me atosiga, me tortura y me libera al mismo tiempo. Es mi causa raíz, el iceberg que congela mi corazón, es la que me hizo ser lo que hoy soy.

El salmón

El otoño me pone un poco nostálgica. Me conecto los auriculares y escucho a Calamaro. También eso me da nostalgia. Increíblemente tiene la virtud de ponerme tan bien como mal. Si mi vida fuera una película no sabría cuál de sus canciones me servirían como leit motiv. Habla de dolores, de tristezas, de nostalgias, de amores perdidos. Y es inevitable que mis pensamientos fluyan. Recuerdo lo pasado, imagino lo que no fue, fantaseo con lo que podría ser. Busco argumentos que me ayuden a entender y a convencerme de que lo sucedido es lo mejor que podría haber pasado. Recuerdo frases hechas, razonamientos tantas veces reiterados... "A lo lejos se escucha venir lo que el rio no quiso contar, como siempre te vas a reir de algo ganso que te diga yo y te vas a dormir abrazandote siempre a mi, ya no tengo espinas clavadas en el corazón", escucho a Andrés. Pienso en sus días y noches infernales escribiendo canciones, componiendo músicas, embebiéndose y empastillándose o fumandose la vida, recurriendo a cualquier cosa que le permita acallar el infierno interior. Su arsenal no me sirve, pero sí tomo el argumento de que finalmente encontró la puerta para salir del laberinto en el que se había metido. Aquel que nadaba contra la corriente de repente se encontró nadando a favor.Las revoluciones que me sublevan son personales pero lo suficientemente globales como para arrasarme a escala planetaria. Son mis micro revoluciones de las que algunas veces no puedo evitar cierta manifestación. Normalmente recurro a mecanismos de autocensura, coerción, y busco cercenar mi propia libertad de expresión. "No ves como el corazón me grita y el techo se me cae encima porque me falta lo más importante". No, el corazón no puede gritar. No debe gritar. Yo también me siento a contramano. "Voy a tener que aprender a vivir otra vez". El Salmón parece decidido a conspirar contra mí.Camino algunas cuadras. Tengo pilas de cosas que hacer, pero no tengo ganas. No puedo seguir así, me digo a mi misma. "Yo te hubiera entregado mi vida, pero mis alas se quemaron y caí". Miro vidrieras y no encuentro nada que me conforme. Estoy confundida. Apago la música. Pero los pensamientos siguen. Pienso que yo también quiero vivir dos veces para poder olvidarte. Pienso que yo tampoco quiero que me abandones. Pienso en que te llevaste todo y me quedé sin nada. Y pienso que ya no hay vuelta atrás. Me río de mi conclusión. Llegó un poquito retrasada la noticia. Recuerdo que hace tiempo que no leo los diarios, y otra vez me sorprendo pensando en vos. Sí, me guardabas todos los suplementos que me servían. Nunca los leí. Esa maldita costumbre que tengo de acumular cosas de las que nunca me desprendo y a las que no le doy ninguna utilidad.Imposible no pensar en la bufanda de lana de llama que me regalaste. Espantosa, hay que decirlo. Ni hablar del gorrito coya de cuando fuiste al Norte. Si pensara en el vaso medio lleno diría que al menos entonces te acordaste de mi. Pero siempre veo la parte vacía, será porque no me gusta el contenido. Una bolsa enorme de consorcio con los muñecos de peluche de todas las formas y colores con los cuales no se que hacer. Mi generosidad no llega a regalarlos a una institución de niños, pero tampoco tengo coraje para tirarlos a la basura. Debo confesar que hay cosas de las que no tuve reparos en deshacerme. Los libros de tu autoría, los discos con la música que hacías y que nunca comprendí. Siempre pensé que en esos regalos había más soberbia que afecto. Yo sé que seguramente imaginarás que los guardo como preciados tesoros, pero nunca voy a revelarte la verdad. No tendría coraje para romperte la ilusión. Sé cómo sufre un corazón y no sería capaz de decepcionarte. Suerte que nunca me los vas a pedir.La malicia me ayuda a sostenerme. Mientras me río de lo ridículo de mis pensamientos, seco mis lágrimas. Vuelvo a conectar los auriculares. La música de Calamaro me envuelve. Me siento identificada. Imagino cada una de las situaciones que describen sus letras. "Por mirarte perdi las esperanzas de poderte volver a enamorar", dice un tema viejísimo. Para mí no deja de renovarse cada vez. Fueron maratones de escribir canciones. Y yo pienso en cuáles son mis maratones para tratar de sanar mis heridas. Las calles tantas veces transitadas. Las lágrimas. Los pensamientos. La tristeza. La nostalgia. Es otoño, pienso, es normal,el otoño me pone un poco nostálgica. Pero hace tiempo que en mi vida, todos los días son otoño. Allí va otra hoja.

Piedra libre

Apoyé el brazo contra la pared. Apoyé la cabeza sobre el brazo. Cerré los ojos y empecé a contar. Uno. Dos. Mientras contaba imaginaba las estrategias de mis compañeros. Adivinaba el destino de sus pasos. Agudizaba el oído tratando de maximizar los sentidos. Tres. Cuatro. Seguramente ellos estuvieran más preocupados por sus propias acciones que por las mías. Era el momento para abrir los ojos. Para levantar un poco el brazo y espiar sin que se dieran cuenta. Contar más rápido inclusive. Cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez. Preferí respetar las reglas. Cuarenta y ocho, cuarenta y nueve. Mientras contaba escuchaba las voces cada vez más fuertes, cada vez más insistentes que me gritaban "dale", "ya está". No les hice caso. Para cuando llegué a noventa y nueve las voces ya se habían apagado bastante. Cuando me di vuelta para buscarlos, muchos de ellos habían decidido abandonar voluntariamente sus escondites. Eramos varios. A algunos los pude detectar entre las sombras. Otros se sentían tentados por la adrenalina del juego y los descubría por el sonido de sus risas contagiosas. Ya avanzadas las primeras oscuridades, el juego llegaba a su fin interrumpido por los padres que venían al encuentro de sus hijos, y porque a mí también habían venido a buscarme. Entre decepcionados, algunos me miraban con bronca. Ya era tarde. Debíamos volver a casa. Me quedé con esa sensación desagradable de haber interferido en algo que nos resultaba divertido sólo por cumplir con lo que habíamos acordado. Me habían dicho que tenía que contar hasta cien. No protesté porque sabía que era a propósito. Y con el objetivo de devolverles la gentileza me había demorado en el conteo. Mi venganza se había cumplido a medias. Por la noche me despertó el ruido del teléfono que sonaba con insistencia. Supimos que cuando ya todos se habían retirado, la madre de uno de mis compañeros había llegado agitada, muy demorada a buscar a su hijo. Fue cuando los padres de mi amiguito cayeron en la cuenta de que no lo habían visto retirarse. Me enteré que lo buscaron largo tiempo. Recorrieron todos los rincones. No hubo indicios. Nadie encontró rastros. Los medios de comunicación se ocuparon del tema hasta el hartazgo. Se lo había tragado la tierra. Me sentí culpable. Ese sentimiento me acompañó a través de los años. De tanto en tanto tengo pesadillas. Sueño que me sorprende en cualquier lugar, imagino que un día de estos va a salir a mi encuentro con un grito triunfal, el único que podria liberarnos a ambos.

Indiferencia

Estaba ahí, parado, imponente. El contorno de su figura esbelta se erguía firme. Su rostro angelical irradiaba una ternura celestial. Su mirada inescrutable se perdía en un horizonte cercano. Lo miré muchas veces. Lo recorrí en cada uno de sus gestos. Lo analicé en todos sus detalles. Todo en él era especial. Al menos eso creíamos quienes nos acercábamos para percibirlo de cerca.La semipenumbra contribuía a que sus virtudes sobresalieran. Era un imán para la reflexión y la súplica.Imposible precisar la cantidad de gente que, como yo, procuraba un momento de su atención.Solía visitarlo a la salida del trabajo. En ocasiones le llevaba algunos objetos, o le dejaba algún dinero. Le hablaba. Le contaba de mi empleo, del dinero que no alcanzaba, de los avances y retrocesos de mi enfermedad. Le nombré a mi familia. Ya los conoce a todos. Le hablé de los exámenes, de las deudas, de la falta de vivienda, de la falta de respeto cotidiano, de las injusticias. Le conté de mis miedos. Le confesé mis secretos. Le dije de mis proyectos. Le expuse mis tristezas. Me sentí muchas veces un ser miserable suplicando su compañía. En más de una oportunidad me desnudé frente a él.No estoy segura de que alguna vez me hubiera escuchado. Nunca me devolvió una mirada. Fantaseaba con esa idea, un acto imposible. Esa tarde estaba desolada. No caminaba con un rumbo definido cuando me di cuenta que mis pies me habían conducido inconscientemente hacia él, otra vez. Me recibió como siempre. La misma mirada indiferente. La misma postura sobria, que en ese momento inclusive me pareció soberbia. Lo miré sin comprenderlo. Quise gritarle. Quise arrastrarme a sus pies. Pero sólo lo miré. El dolor me carcomía por dentro. No lo entendí. De nada me sirvieron los estudios, el pensamiento analítico, la mirada racional que había cultivado durante años. El infierno que sentía dentro mío me quemaba. Lloré. Lloré hasta que ya no tuve fuerzas. Lloré con todo el dolor de que era capaz mi alma. No sé cuánto tiempo estuve en ese extásis de amargura. Con temor, con angustia, con infinita tristeza rocé su cuerpo. Primero le toqué los pies, después me aferré a su mano. Sin dudas era magnánimo y tendría todas las respuestas. Yo sólo le pregunté por qué. No hubo respuesta. Imaginé entonces que era imposible cumplir con todos. Que mientras yo le pedía que se apiadara de mí, quizá su mirada indiferente, nos estaba pidiendo que nos apiadáramos de él.

Mi mundo en el lugar

Era chiquito. Algunos podrán decirle limitado. Para mí era suficiente. Tenía la calidez de un aromático café recién hecho. La previsibilidad de lo conocido. La sensación de locura cuando decidíamos romper con las estructuras. Lo entretenido de los proyectos. No eran grandes cosas, pero nos entusiasmaban. A veces minimalista, despojado de todo. Otras veces, era retorcido y complejo como el mismisimo arte barroco. Grandes aventuras surgieron de charlas simples e impensadas. Grandes discusiones, también. En ocasiones era difícil ponernos de acuerdo. Nunca llegamos a tirarnos con los platos (y ninguno de los dos fumaba como para tirarnos con ceniceros), pero varias veces nos quedamos con las ganas. Nos reíamos de pavadas. Nos entendíamos con la mirada. Nos enojábamos con mucha frecuencia. Nos conocíamos. Nos adivinábamos. El oleaje crecía poco a poco. Primero un remolino, luego un tsunami. Nos ahogábamos en la tempestad. Cuando el milagro sucedía, nos podíamos considerar sobrevivientes. Entonces era como nacer de nuevo. Volver a descubrir cada cosa. Disfrutarlas nuevamente. O amargarnos con lo mismo que antes nos había embravecido. Ciclos a los que ya nos habíamos acostumbrado. Una dinámica en la que nos perdíamos y nos encontrábamos. Una lógica que nadie más podía comprender. Nosotros tampoco.Así anduvimos largo rato. Infinito espacio donde no hay antes y es difícil divisar el después. No sé si fue de repente, seguramente no. No pudimos, no quisimos, no supimos hacerle frente al viento y la marea. Un torbellino inexplicable. Un temporal que nos arrasó.Nunca volvió la calma. Las olas van y vienen. El viento sopla, a veces con fuerza, otras no. Siento el frío de la desolación, de la devastación. Miro el horizonte y no veo lo que espero. Nadie viene aferrado a una tabla buscando la salvación en la orilla. Tampoco hay un mensaje en una botella. De vez en cuando alguna brisa me acerca su voz. La salinidad del agua se mezcla con la humedad que fluye a través de mis ojos. Arrojo unas flores al mar. Un homenaje inútil e inexplicable. Ilusamente creo que eso me ayuda a mitigar el dolor y me da fuerzas para seguir.No hay caso. El único refugio para mi alma estaba en sus brazos. Todo mi mundo estaba en ese lugar. Pequeño. Diminuto. Sensible. Tormentoso. Rutinario. Agobiante. Cálido. Entrañable. Afectuoso. Amoroso. Apasionado. Ocurrente. Previsible. Así era ese universo creado a imagen y semejanza de algo que no podíamos definir, y que ahora sé, no era amor. A veces creo que su presencia todavía me impregna. Pero sólo se trata de huellas que aún el tiempo no puede borrar. Vestigios de un mundo que no existe. Sepulcro de un lugar que ya no está.

Minimo y vital

Había contado los días. El transcurrir de cada uno se hacía espaciosamente lento. Lo añoraba. Lo esperaba. Lo deseaba. Había puesto muchas expectativas en él. Seguramente más de las necesarias. No podía imaginar que todo resultaría diametralmente opuesto a lo esperado.Desde siempre me habían enseñado el respeto por las obligaciones. La responsabilidad era un parámetro que no admitía cuestionamiento. En eso no se podía ser mediocre. No se es responsable a medias. O se es, o no se es. Y a mi siempre me habían inculcado que debía serlo. Con esa mochila sobre mis espaldas empecé a transitar todas y cada una de las instancias de mi vida. Primero el colegio, luego el trabajo. Cual caracol con su casita a cuestas, me encontré de repente arrastrándome de cansancio, de abatimiento, de desaliento, pero con un concepto muy claro. Así como el molusco no puede abandonar su hogar, yo no podía quitarme la responsabilidad. Desde la cuna me habían convencido que todo esfuerzo tendría su recompensa.Entre la cigarra y la hormiga, era evidente que había que seguir el ejemplo de la segunda y condenar a la primera. Cualquier ámbito en el que se asumía un compromiso implicaba una palabra empeñada, una obligación por cumplir, una responsabilidad ineludible. Nunca viví en un castillo de cristal. Más bien todo lo contrario. Pero la realidad fue más cruel de cómo me la habían pintado. Había hecho todo lo que correspondía. Con valores que, en un mundo hipócrita, muchas veces no sirven para nada, había puesto toda la responsabilidad y el compromiso que estaba a mi alcance. No esperaba una traición. No la merecía tampoco.Pero allí estaba él. Quizás también haya estado esperándome. Supongo que habrá disfrutado desde antes al imaginar mi cara de decepción. Era algo más que una burla del destino. Era una falta de respeto en mi propia cara. No tuvo pudor. No tuvo códigos. En un segundo el castillo de arena se desmoronó. Supe que me habían mentido cuando me dijeron que cosecharía lo que sembrara.Chiquito. Flaco. Muy delgado. Casi imperceptible. Casi irreal. Destartalado. Desangelado. Débil. Escaso. Mentiroso. Irrespetuoso. Indiferente. La espera había llegado a su fin. El último de los días del calendario marcaba que efectivamente ése era el día de su llegada. En eso no había mentido. El caradura se regocijaba sabiendo lo que su presencia significaba. Había echado por tierra todas mis expectativas. Tuve que mirarlo varias veces para reconocerlo.Pero con la verdad frente a mis ojos, no me quedó otra que aceptarlo. Ese, que estaba ahí, ése, era mi sueldo.