Creí que había muerto. Vi cómo los puñados de tierra iban cayendo sobre su tumba. Sentí la agonía del paso del tiempo y el dolor apagándose en su intensidad. Vi marchitarse las flores. Escribí cientos de epitafios en su honor. Lloré su ausencia. Extrañé su ternura. Olvidé su lado oscuro. Lo idealicé.
Soñé con él cientos de veces. Rogué por él. Recé.
Imaginé que no había vida después de él, que su muerte se había llevado todo. Las hojas amarillas del otoño cubrían cada temporada su refugio perdido entre la soledad y la tristeza.
Sabía que su fantasma seguía rondándome todo el tiempo. Me atormentaba con su presencia invisible. Aún así seguía burlándose de mí.
El había muerto, es cierto. Yo también morí con él. No conozco su infierno, pero sí el mío.
De pronto, un puente me conecta de nuevo. El azar tiene misterios inexplicables. Pero ya no te quiero seguir padeciendo.
Errante transcurrir entre una palabra y otra. Construcción de sentido que fluye si hay códigos compartidos. Caleidoscopio que muta eternamente en movimiento incesante entre lo que se quiere expresar, lo que se dice y lo que es mejor callar. Puede que al buen entendedor le alcance con pocas palabras. No es este el caso. A veces las palabras no son suficientes, otras logran un lindo resultado que es necesario y urgente compartir. Estos son sólo algunos escritos.
lunes, 26 de septiembre de 2011
sábado, 30 de julio de 2011
Bruma
Aún se notan las huellas de tu paso en la arena. Es un mapa que se pierde en la inmensidad de un mar que va y viene incesantemente, que choca contra las rocas y se vuelve a sumergir con fuerza en las profundidades misteriosas que se agitan con regularidad.
El viento hace su contribución arrastrando la salinidad del rostro que se pierde en los labios. Océanos de melancolía que duele a veces. Acordes que diluyen palabras en una mezcla confusa de imágenes que se esfuman progresivamente con su brisa.
Las palabras que pronunciamos alguna vez se fueron tras tus pasos. En ocasiones algunas de ellas regresan desordenadas. Rompecabezas del tiempo que no llego a reconstruir con facilidad.
Sonidos que son familiares me acercan ciertas fotos que ya no conservo. Ansias traicioneras me impulsan a resquebrajarme en mil pedazos con acciones que no puedo controlar. Retazos de una vida fuera de control.
La humedad de la arena se siente con intensidad en los pies temblorosos del invierno. Un cuerpo sin alma espera tendido en la playa un rescate que llega demasiado tarde.
El viento hace su contribución arrastrando la salinidad del rostro que se pierde en los labios. Océanos de melancolía que duele a veces. Acordes que diluyen palabras en una mezcla confusa de imágenes que se esfuman progresivamente con su brisa.
Las palabras que pronunciamos alguna vez se fueron tras tus pasos. En ocasiones algunas de ellas regresan desordenadas. Rompecabezas del tiempo que no llego a reconstruir con facilidad.
Sonidos que son familiares me acercan ciertas fotos que ya no conservo. Ansias traicioneras me impulsan a resquebrajarme en mil pedazos con acciones que no puedo controlar. Retazos de una vida fuera de control.
La humedad de la arena se siente con intensidad en los pies temblorosos del invierno. Un cuerpo sin alma espera tendido en la playa un rescate que llega demasiado tarde.
sábado, 23 de julio de 2011
Insomnio
Es una noche fría con el insomnio como protagonista. El cansancio se hace sentir, pero aún así no se asoma siquiera la voluntad de cerrar los ojos. Una taza de te caliente me acompaña, y de fondo, algún personaje me interpela desde el televisor encendido. No le presto atención, poco me importa lo que haga para que me concentre en él, mis pensamientos están muy lejos. No es una lejanía física, es temporal.
Todo mi ser funciona por inercia. Me pregunto dónde quedaron mis signos vitales, aquellos que se encendían de entusiasmo ante una nueva expectativa. Miro mis manos heladas y siento en ellas la resignación.
La luna, afuera, también está en soledad. Por momentos pienso que me observa, sin embargo un instante más tarde me río de la ridiculez de la ocurrencia. La oscuridad que la rodea, me envuelve. La humedad del rocío me hace tiritar. Hay tantas verdades que se desdibujan ante mi mirada confusa. La mezcla de niebla y cenizas del pasado me muestran fotos en sepia que creí olvidadas.
Quisiera borrar con el codo todo lo que escribí durante años. Nunca me di cuenta que la tinta era indeleble y que las huellas marcarían una trayectoria que ya jamás podría abandonar.
La infusión que sorbo casi con desesperación es un alivio para el clima gélido que me abruma, escaso bienestar que finaliza en el silencioso transcurrir de mis lentos pesares cristalinos. Perdí la noción del tiempo. Estoy condenada a morir en mi propio infierno. Algún juez maléfico se encargó de hacerme padecer mi castigo. Tal vez esté perdiendo la razón, pero sé que aunque es casi imperceptible, el fantasma de tu ser aún está conmigo.
Todo mi ser funciona por inercia. Me pregunto dónde quedaron mis signos vitales, aquellos que se encendían de entusiasmo ante una nueva expectativa. Miro mis manos heladas y siento en ellas la resignación.
La luna, afuera, también está en soledad. Por momentos pienso que me observa, sin embargo un instante más tarde me río de la ridiculez de la ocurrencia. La oscuridad que la rodea, me envuelve. La humedad del rocío me hace tiritar. Hay tantas verdades que se desdibujan ante mi mirada confusa. La mezcla de niebla y cenizas del pasado me muestran fotos en sepia que creí olvidadas.
Quisiera borrar con el codo todo lo que escribí durante años. Nunca me di cuenta que la tinta era indeleble y que las huellas marcarían una trayectoria que ya jamás podría abandonar.
La infusión que sorbo casi con desesperación es un alivio para el clima gélido que me abruma, escaso bienestar que finaliza en el silencioso transcurrir de mis lentos pesares cristalinos. Perdí la noción del tiempo. Estoy condenada a morir en mi propio infierno. Algún juez maléfico se encargó de hacerme padecer mi castigo. Tal vez esté perdiendo la razón, pero sé que aunque es casi imperceptible, el fantasma de tu ser aún está conmigo.
miércoles, 1 de junio de 2011
Irracional
Hizo todo lo contrario de lo que siempre hubiera querido. No supo cómo resolver los enigmas que le presentaba la vida. Una y otra vez elegía la opción equivocada. Está viva, pero se siente morir cada vez más. Y si bien hay algo de verdad en eso, todos vamos muriendo cada vez más a medida que vivimos, ella se sentía ya en otro plano.
Tal vez haya sido la impunidad que le daba la muerte. O de verdad estaba al borde, en el límite entre la locura y la desesperación. A cada instante parecía empeñarse en hacerse cada vez más daño.
Sentía que nadie podía ayudarla. No fue capaz de pedir socorro. No encontró en su agenda un número que le sirviera, un contacto real que la contuviera. Estaba inerte, como parada en una cinta transportadora que la llevaba de un lado a otro sin tener voluntad para elegir algo que la rescatara.
Se preguntó mil veces si aún seguía viva. Se desesperaba cada vez que sentía que seguía perdiendo oportunidades. Nunca supo cuál era el sentido de su vida. No pudo encontrarlo. Tampoco el de su muerte, y ahora sufre en su propio infierno.
Hay quienes dicen que un día va a despertar. Yo no lo creo. Y ella tampoco.
Tal vez haya sido la impunidad que le daba la muerte. O de verdad estaba al borde, en el límite entre la locura y la desesperación. A cada instante parecía empeñarse en hacerse cada vez más daño.
Sentía que nadie podía ayudarla. No fue capaz de pedir socorro. No encontró en su agenda un número que le sirviera, un contacto real que la contuviera. Estaba inerte, como parada en una cinta transportadora que la llevaba de un lado a otro sin tener voluntad para elegir algo que la rescatara.
Se preguntó mil veces si aún seguía viva. Se desesperaba cada vez que sentía que seguía perdiendo oportunidades. Nunca supo cuál era el sentido de su vida. No pudo encontrarlo. Tampoco el de su muerte, y ahora sufre en su propio infierno.
Hay quienes dicen que un día va a despertar. Yo no lo creo. Y ella tampoco.
jueves, 21 de abril de 2011
Asuntos pendientes
No quise hablar. Tampoco me interesaba escucharlo. Sabía cada palabra que me diría, y no quería una vez más que la cantinela se repitiera infinitamente. Supe desde hace mucho tiempo que no iba a poder cambiar su forma de ver las cosas. Tampoco sus actitudes, y mucho menos sus acciones.
Desde que tengo memoria todo ha tenido un sentido trágico a su alrededor. No porque tuviera una mirada negativa de las cosas sino porque su manera simplista y cerrada de pensar terminaba por generar consecuencias indeseables para todos, menos para él.
No recuerdo que alguna vez nos hayamos mirado a la cara de un modo directo y en paz, todo lo contrario. El único móvil era la discusión. Hasta que un día decidí que ya no discutiría y simulé que no estaba en mi vida, y que podía continuar con esa ausencia. Una ausencia que fue doble, física porque él no estaba, y mental porque yo procuraba no pensar en él. Sin embargo, había una tercera ausencia que yo pretendía que no existía, pero que en cambio, me ha acompañado dolorosamente desde siempre.
La carencia de su afecto en los hechos, en la cotidianidad de los días, de la reciprocidad mutua que se suponía debería existir entre nosotros, pero que no estaba, eso sí era una constante.
Ahora que lo veo a través del tiempo, más avejentado, aunque igual de terco, me doy cuenta que no lo conozco. Sé que a su manera cree que me acompañó y que siempre estuvo conmigo. Yo creo que nunca estuvo. Sé que me quedan muchos asuntos pendientes, pero no tengo crédito para cancelar mi deuda, una deuda que no es de él, sino mía.
Desde que tengo memoria todo ha tenido un sentido trágico a su alrededor. No porque tuviera una mirada negativa de las cosas sino porque su manera simplista y cerrada de pensar terminaba por generar consecuencias indeseables para todos, menos para él.
No recuerdo que alguna vez nos hayamos mirado a la cara de un modo directo y en paz, todo lo contrario. El único móvil era la discusión. Hasta que un día decidí que ya no discutiría y simulé que no estaba en mi vida, y que podía continuar con esa ausencia. Una ausencia que fue doble, física porque él no estaba, y mental porque yo procuraba no pensar en él. Sin embargo, había una tercera ausencia que yo pretendía que no existía, pero que en cambio, me ha acompañado dolorosamente desde siempre.
La carencia de su afecto en los hechos, en la cotidianidad de los días, de la reciprocidad mutua que se suponía debería existir entre nosotros, pero que no estaba, eso sí era una constante.
Ahora que lo veo a través del tiempo, más avejentado, aunque igual de terco, me doy cuenta que no lo conozco. Sé que a su manera cree que me acompañó y que siempre estuvo conmigo. Yo creo que nunca estuvo. Sé que me quedan muchos asuntos pendientes, pero no tengo crédito para cancelar mi deuda, una deuda que no es de él, sino mía.
sábado, 9 de abril de 2011
Bebe
Me mira. Me sonríe a veces. Sus ojos claros me muestran su picardía. Juega con mi pelo. Se duerme en mis brazos en ocasiones. Hay una conexión que es fugaz pero simpática e intensa.
¿Dónde estaba cuando todo estaba pasando? me pregunto mientras la observo. Inevitablemente pienso en el paso del tiempo. Hay un abismo que nos separa entre su generación y la mia. Seguramente las cosas van a darse vuelta un día y seré yo quien no la comprenda. Probablemente mi mirada sea de desolación e incertidumbre.
Allí está, pequeña, sonriente, llorona a veces. Balbucea sonidos, juega. Mueve sus manitos sin coordinación, inspecciona un objeto, luego otro. Es inquieta, veloz y curisosa. Descubre el mundo a cada paso y todo lo que sucede a su alrededor le llama la atención. Imagino que en su micromundo es feliz.
Sé que crecerá antes de que pueda darme cuenta de la velocidad con la que transcurre el tiempo. Algún día se irá y yo quedaré extrañando la indescriptible suavidad de sus caricias inocentes. Es sólo una beba, pero pronto, no sé cuándo, dejará de serlo.
¿Dónde estaba cuando todo estaba pasando? me pregunto mientras la observo. Inevitablemente pienso en el paso del tiempo. Hay un abismo que nos separa entre su generación y la mia. Seguramente las cosas van a darse vuelta un día y seré yo quien no la comprenda. Probablemente mi mirada sea de desolación e incertidumbre.
Allí está, pequeña, sonriente, llorona a veces. Balbucea sonidos, juega. Mueve sus manitos sin coordinación, inspecciona un objeto, luego otro. Es inquieta, veloz y curisosa. Descubre el mundo a cada paso y todo lo que sucede a su alrededor le llama la atención. Imagino que en su micromundo es feliz.
Sé que crecerá antes de que pueda darme cuenta de la velocidad con la que transcurre el tiempo. Algún día se irá y yo quedaré extrañando la indescriptible suavidad de sus caricias inocentes. Es sólo una beba, pero pronto, no sé cuándo, dejará de serlo.
sábado, 2 de abril de 2011
A donde vas cuando no tenes escapatoria?
¿A dónde vas cuando no tenés escapatoria? Se hizo esa pregunta cientos de veces. Nunca encontró otra respuesta más que permanecer inmóvil esperando a que el final suceda. Se pasó años recorriendo el mismo camino para llegar siempre a los mismos lugares. No le encontraba sentido a veces, es cierto. Pero nunca se atrevió a encarar otro destino, o no supo cómo hacerlo.
Ahora está allí sentada, con sus pensamientos desparramados por cualquier lado. Se siente desamparada y sola. Sabe que no tiene escapatoria. Intenta que la música la aturda. Pone la radio a todo volumen. Escucha las canciones pero no les presta atención. Llora, como siempre llora. Es como una niña pequeña acurrucada en un rincón purgando una penitencia por haber cometido una travesura. ¿Cuántas veces va a sucederle lo mismo? Innumerables.
Dicen que el camino del dolor hay que atravesarlo una sola vez. Pero ella no puede dejar de ir y volver por ese trayecto. Está como atrapada en un laberinto inmenso que la agota, la consume, la neutraliza.
Está perdiendo todas sus oportunidades. Ya ha perdido bastantes. Si sólo se tratara de suerte, el azar nunca la acompañó. Si se trata de accionar, nunca sabe qué hacer, y sus elecciones no han resultado afortunadas. Se ha quedado inmóvil desde hace tanto tiempo, que no sabe ahora cómo seguir. Como hace tanto que no lo sabe. Se ha dejado estar. Anduvo dando vueltas en círculo, pretendiendo llegar a un lugar distinto. Nadie la acompaña, y se siente perdida.
Nadie podría acompañarla tampoco. No sabe estar en soledad, y no sabe dejarse acompañar. Ahora, mientras la música suena. Mientras afuera hay un sol radiante. Ella está ahí, viviendo la noche de su vida, y preguntándose una vez más, a dónde va a ir, si ya sabe que no tiene escapatoria. Y la respuesta está ahí mismo, en esa actitud pasiva, resignada. No va a ir a ningún lado. No tiene monedas para el colectivo.
Ahora está allí sentada, con sus pensamientos desparramados por cualquier lado. Se siente desamparada y sola. Sabe que no tiene escapatoria. Intenta que la música la aturda. Pone la radio a todo volumen. Escucha las canciones pero no les presta atención. Llora, como siempre llora. Es como una niña pequeña acurrucada en un rincón purgando una penitencia por haber cometido una travesura. ¿Cuántas veces va a sucederle lo mismo? Innumerables.
Dicen que el camino del dolor hay que atravesarlo una sola vez. Pero ella no puede dejar de ir y volver por ese trayecto. Está como atrapada en un laberinto inmenso que la agota, la consume, la neutraliza.
Está perdiendo todas sus oportunidades. Ya ha perdido bastantes. Si sólo se tratara de suerte, el azar nunca la acompañó. Si se trata de accionar, nunca sabe qué hacer, y sus elecciones no han resultado afortunadas. Se ha quedado inmóvil desde hace tanto tiempo, que no sabe ahora cómo seguir. Como hace tanto que no lo sabe. Se ha dejado estar. Anduvo dando vueltas en círculo, pretendiendo llegar a un lugar distinto. Nadie la acompaña, y se siente perdida.
Nadie podría acompañarla tampoco. No sabe estar en soledad, y no sabe dejarse acompañar. Ahora, mientras la música suena. Mientras afuera hay un sol radiante. Ella está ahí, viviendo la noche de su vida, y preguntándose una vez más, a dónde va a ir, si ya sabe que no tiene escapatoria. Y la respuesta está ahí mismo, en esa actitud pasiva, resignada. No va a ir a ningún lado. No tiene monedas para el colectivo.
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