miércoles, 16 de febrero de 2011

Aprendizaje

Teníamos discusiones que se repetían casi a diario. Cualquier cosa era justificativo suficiente para el enfrentamiento. Nos habíamos acostumbrado a ellas. El dolor era parte de la desgastante relación que habíamos construido. Un juego peligroso que nos llevaba al extremo de nuestras posibilidades.
Tensión. Orgullo. Rabia. Capricho. Estupidez. Todo eso se juntaba en momentos que resultaban abrumadoramente turbulentos, de los cuales nos costaba salir y recomponer el diálogo. Cuando te fuiste, el torbellino se fue con vos. Me quedé extrañando la desolación de aquellos momentos sin los cuales ya no sabía vivir. Me fui acostumbrando a la tranquilidad rutinaria de la soledad. Todo lo que nos atormentaba, nos separaba y nos volvía a unir pasó, como pasan las hojas que arrastra el viento durante los días de otoño.
Sé que no vas a volver, y espero que los días de tormenta nunca más vuelvan a mi vida. Pienso en lo inexplicable de nuestras reacciones y me sorprendo más de una vez observando cómo se pelean las parejas en la calle. Imagino que esa tormenta que nos devastó hará lo propio con ellos. Tal vez sea una etapa inevitable, parte de un aprendizaje al que nos obliga la vida de a dos.
Acaso las decisiones no sean tan definitivas, o la experiencia nos lleve otra vez por los mismos caminos. Hoy pienso en otra persona, y sin embargo, creo que la nube se aproxima.

viernes, 28 de enero de 2011

Soñando realidades

Estabas allí. Eras tan real, tan real.
Nos reconocimos al instante. Recobramos la complicidad de antaño en un instante. No pude rechazarte cuando quisiste besarme, y mi cuerpo buscó tu abrazo de un modo tan espontáneo y natural que volví a sentir que había recuperado mi lugar en el mundo. Me besaste, y te besé tan tiernamente como pude. Como si fuera una oportunidad única, sentí que que si había alguna manera de demostrarte mi amor, tenía que aprovecharlo. Nos reímos mucho, nos sentíamos muy cómodos, éramos nuevamente los dos. El mundo exterior no importaba demasiado, y acaso cometíamos sin querer las mismas torpezas de cuando éramos dos jóvenes que la pasaban bien y se divertían.
Me entretuve unos instantes, pero luego fui a tu encuentro. Seguías allí, parecía un sueño, pero estabas allí. No existía el pasado, y no había más que ese presente mágico. Tal vez un deja vu de algo que ya nos había sucedido. Me revelaste entonces como verdadera una realidad que yo había previsto e imaginado durante mucho tiempo. No hubo sorpresas en tu revelación, pero sí en la forma impactante en la que tu cobardía burlonamente seguía hiriéndome.
Me confesaste que habías engendrado a tu hijo en el mismo día en que nos dijimos adiós. Que a consecuencia de ello te habías casado, y que tu mundo se había llenado vertiginosamente en una serie de incertidumbres entre las que te debatías. Que no querías mentirme. Y que ahora, viéndome, y viéndonos, te dabas cuenta de tu error y que ya no sabías que hacer. Que tu matrimonio había fracasado, y que ahí estabas, extrañandome.
Sentí una vez más el puñal de la traición, no porque me dijeras algo que en mi interior yo ya sabía, sino porque una vez más pretendiste engañarme.
Te describí en pocas palabras todo lo que yo sabía a partir de tanto conocerte. Nadie me había contado nada. Nunca más había vuelto a saber de vos. Sin embargo, sabía exactamente cómo se había desarrollado tu vida en los días que le sucedieron al instante del adiós. Lloré. Lloré como lloro cada vez que te recuerdo. Te confesé que una parte de mi no entendía cómo habíamos podido alejarnos si en el fondo seguíamos siendo uno. Que te seguía esperando, que te seguía amando. Que toda mi vida se había derrumbado la primera vez que me traicionaste. Pero que te volví a entregar mi corazón la segunda vez que nos reencontramos. Que el impacto de esa nueva oportunidad había sido más profundo y certero. Que a pesar de todo lo que te había esperado, que a pesar de todo lo que había sufrido, ya no estaba dispuesta a más.
Te quedaste allí, desolado en tu confusión creciente. Tu pequeño hijo te acompañaba. Ni siquiera te dije adiós. Sólo desperté.

jueves, 27 de enero de 2011

Esquina

Recuerdo exactamente dónde fue la última vez que te vi. Como si un monolito me recordara el preciso momento en el que nos dijimos adiós, sé que parte de tu esencia permanece aún allí, suspendido en aquel abrazo chiquito pero definitivo.
La memoria me juega malas pasadas a veces. Te veo, y me veo, como si mirara la última escena de una película. Como un espectador fanático, miro una y otra vez el mismo film, e imagino que alguna vez vas a volver y que entonces voy a secarme las lágrimas de tristeza y que allí estarás para el final feliz que corona toda secuela.
Cuando nada tiene sentido, es difícil reconocer la fantasía de la realidad, el pasado, el presente, la mentira, la verdad. Tu recuerdo me persigue, y un pedazo de nuestra vida me aguarda en cada esquina. Sé que el tiempo te ganó la pulseada, y sé que aún se divierte jugando conmigo. Sé que ya no voy a reconocerte. Y sé que nunca exististe.

Smile

Era pequeña pero con actitud de grande. Para esa época ya había olvidado lo que significaba sonreir. No recordaba tiempos que pudieran ser felices, la dureza de la vida se había manifestado demasiado pronto.
Estaba rodeada de hermanos, y también de mascotas. Había en la casa un espacio grande para jugar, y un par de árboles que servían como aditamento para las travesuras.
Hace esfuerzos por recordar aquel pasado. Revive aquellos ciruelos en flor, las frutas pequeñas que se van haciendo más grandes y más rojas con el correr de los días. Cuando maduraban, y caían al piso eran el alimento preferido por las gallinas.
El parral era el lugar que daba fresco a la casa. En las noches de verano sacaban la mesa afuera y cenaban bajo ese techo de hojas y uvas. En los días calurosos era habital que su madre se instalara allí a coser la ropa de sus hijas o encargos ajenos.
Como si se tratara de postales bucólicas, ella recuerda con esfuerzo aquellos fragmentos lejanos de su vida. No puede identificar el instante preciso en el que todo cambió.
Aquella madre paciente y entregada a sus quehaceres domésticos y al cuidado de su familia, se convirtió con el tiempo en un ser radicalmente distinto. Cuesta identificarla en aquel pasado que acaso haya sido feliz, aún sin que ellos lo advirtieran. La familia se desvirtuó y nunca nada volvió a ser lo que era.
Apenas consigue recordar, pero su rostro ya no se inmuta. Hace tiempo que perdió la sonrisa, y dicen, los que presagian, que ya nunca la va a recuperar.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Loser

Hay un sabor que no se puede explicar. Una forma de mirar las cosas en general, y la vida en particular que lo ensombrece todo. La filosofía del "pero" siempre presente. Pensamientos que nadie puede comprender, argumentos que no son fáciles de explicar. La contundencia de los hechos, sin embargo, se convierte en una muestra incontrastable de la crudeza de la realidad.
Navegar contra la corriente no es una elección, es una actitud de supervivencia que termina convirtiendo en víctima al héroe inexistente que se esconde detrás del manotazo de ahogado.
Sin lugar a dudas, en las mismas circunstancias a otros les irá mejor. Nadar, nadar, y nadar, siempre con esfuerzo, con responsabilidad, con empuje, sólo para dejarse hundir centímetros antes de llegar a la orilla.
Los desafíos son afrentas no elegidas, formas de disfrazar todo lo que resulta imposible, magnánimo e irreal, y que no obstante, para el común de los mortales no dejan de ser banalidades. Arriesgar la vida en cada una de esas instancias y sentir el amargo pesar de la derrota. Morder el polvo tantas veces que se pierde la cuenta, total, una mancha más qué le hace al tigre!
Y sí, es cierto. El vaso siempre está medio vacío. Es una trampa del destino. Mientras que en otros casos la copa derrama el champagne de la felicidad, allí está a medio camino un ineludible símbolo que nos pone una vez más en el lugar del último orejón del tarro.
No hay bien que por mal no venga. Entonces, más vale una vida gris que traiga sorpresas exultantes de felicidad porque seguro detrás de ese efímero momento habrá una factura muy alta que pagar, al punto de terminar maldiciendo esa miserable gloria fugaz.
Si algo tiene que salir mal, seguramente saldrá de ese modo. No importan los conjuros que intenten hacerse contra los hechizos de la mala suerte. Los ruegos no surtirán efecto, los amuletos tampoco. La ley de Murphy termina siendo la biblia de una religión a la que los loser rinden tributo con cada nueva desgracia.
La vida del loser no es fácil. Y dejar de serlo, tampoco. Se sufre de un modo descomunal por pequeñas cosas, y no se disfruta de lo que vale la pena. Empezar por darle otro enfoque a las cosas implica la necesidad de una nueva vida. El loser está condenado al fracaso. Sabe, de antemano, que cualquier esfuerzo será en vano. Nació estrellado, y habrá pasado por esta vida sin pena ni gloria. Es un loser, y esa nostalgia hace que su vida haya tenido sentido. No pretenderá homenajes, ni el más mínimo recuerdo. No querrá flores porque sabe que tienen espinas. Añorará el final de su vida, pero cuando ese momento llegue llorará porque sabe que arrastrará un karma para su próxima vida.
No hay que intentar consolar a un loser, sólo hay que dejar lo ser.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Helado de frutilla

Siempre sentí rechazo por la cocina y las tareas domésticas. He declarado hasta el hartazgo que soy una perfecta inútil en materia culinaria. Las ollas no se hicieron para mí, y las sartenes mucho menos. En las raras ocasiones en las que no me quedó otra alternativa que cocinar algo para subsistir, recurrí al nunca bien ponderado "sanguche" de huevo frito. Allí estaba yo, haciendo malabares a un metro de distancia para que el aceite no me salpicara.
Hubo un tiempo, sin embargo, que se me dio por incursionar en ese ámbito tan ajeno a mi y lo hice airosamente. Por una vez hacía algo que merecía la aprobación de mi familia. Pero como todo aquello que no se practica, terminó por quedar en el olvido.
En un ataque de nostalgia hoy me levanté decidida a recuperar un poco de la gloria pasada. Compré la crema de leche, una caja de gelatina, leche condensada. Hacía un par de días había comprado abundante cantidad de frutillas. Sin embargo, no pude recordar la receta. Acabé por poner algunas frutillas en un vaso, agregarle azúcar y comerlas mientras miraba la tele. El helado se derritió en mi memoria, sin embargo, me dejó cierta reflexión flotando en mi cabeza.
Entendí que así como se derriten los helados, se desvanecen los recuerdos. Que a veces el sabor de un buen recuerdo es mejor que la cruda realidad, y que hay ciertos recuerdos que mejor no congelar. Que sin recetas hay ciertos objetivos que no se logran. Y que en última instancia, es bueno tener un plan B que nos permita descubrir que hay cosas que pueden saborearse de otra manera.
Definitivamente la cocina no es lo mío... Y el helado, tampoco.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Vacaciones

Armé las valijas. Saqué el pasaje. A la hora señalada me vi esperando el tren. Un viaje loco, desenfadado. Temor, adrenalina, curiosidad, coraje y un poco de bronca. Necesidad, desesperación, ahogo. Todo eso había en mi equipaje. La mochila era pesada, muy pesada. Me dolía la espalda. Me acostumbré tanto a llevar esa vida de caracol que a veces el dolor se me hace imperceptible. Otras veces, como ahora, siento que tengo una cruz que me obliga a torcer mi pose, que me debilita y que cobra nitidez al más mínimo movimiento.
Un viaje largo, interminable por momentos. Lo había percibido todo: la tarde calurosa, el polvo cubriéndolo todo, el andar lento y agobiante. El silencio. La distancia.
Hice mis planes mentales. Compartí algunos de ellos con gente que conocía. Hubo quienes aprobaron, no faltaron, sin embargo, los que desestimaron la más mínima posibilidad. Le di vueltas en mi cabeza a la idea durante varios días. Hice cálculos, imaginé circuitos.
Escuché los grillos en la noche. Observé la oscuridad más absoluta en las noches silenciosas. Me aislé del bullicio del resto de los pasajeros. Construí relatos de situaciones que llamaron mi atención. Escribí fragmentos de mi experiencia en mi cuaderno de viajes. Tomé cientos de fotografías que nunca iba a conocer en otro formato que no fuera el digital.
Exploré todo lo que pude. Disfruté a pleno. Pero cuando abrí mi billetera, todo se desvaneció en el aire.
Vi irse el tren. La mochila me sigue pesando, y mi cuaderno aún está vacío.