Recuerdo exactamente dónde fue la última vez que te vi. Como si un monolito me recordara el preciso momento en el que nos dijimos adiós, sé que parte de tu esencia permanece aún allí, suspendido en aquel abrazo chiquito pero definitivo.
La memoria me juega malas pasadas a veces. Te veo, y me veo, como si mirara la última escena de una película. Como un espectador fanático, miro una y otra vez el mismo film, e imagino que alguna vez vas a volver y que entonces voy a secarme las lágrimas de tristeza y que allí estarás para el final feliz que corona toda secuela.
Cuando nada tiene sentido, es difícil reconocer la fantasía de la realidad, el pasado, el presente, la mentira, la verdad. Tu recuerdo me persigue, y un pedazo de nuestra vida me aguarda en cada esquina. Sé que el tiempo te ganó la pulseada, y sé que aún se divierte jugando conmigo. Sé que ya no voy a reconocerte. Y sé que nunca exististe.
Errante transcurrir entre una palabra y otra. Construcción de sentido que fluye si hay códigos compartidos. Caleidoscopio que muta eternamente en movimiento incesante entre lo que se quiere expresar, lo que se dice y lo que es mejor callar. Puede que al buen entendedor le alcance con pocas palabras. No es este el caso. A veces las palabras no son suficientes, otras logran un lindo resultado que es necesario y urgente compartir. Estos son sólo algunos escritos.
jueves, 27 de enero de 2011
Smile
Era pequeña pero con actitud de grande. Para esa época ya había olvidado lo que significaba sonreir. No recordaba tiempos que pudieran ser felices, la dureza de la vida se había manifestado demasiado pronto.
Estaba rodeada de hermanos, y también de mascotas. Había en la casa un espacio grande para jugar, y un par de árboles que servían como aditamento para las travesuras.
Hace esfuerzos por recordar aquel pasado. Revive aquellos ciruelos en flor, las frutas pequeñas que se van haciendo más grandes y más rojas con el correr de los días. Cuando maduraban, y caían al piso eran el alimento preferido por las gallinas.
El parral era el lugar que daba fresco a la casa. En las noches de verano sacaban la mesa afuera y cenaban bajo ese techo de hojas y uvas. En los días calurosos era habital que su madre se instalara allí a coser la ropa de sus hijas o encargos ajenos.
Como si se tratara de postales bucólicas, ella recuerda con esfuerzo aquellos fragmentos lejanos de su vida. No puede identificar el instante preciso en el que todo cambió.
Aquella madre paciente y entregada a sus quehaceres domésticos y al cuidado de su familia, se convirtió con el tiempo en un ser radicalmente distinto. Cuesta identificarla en aquel pasado que acaso haya sido feliz, aún sin que ellos lo advirtieran. La familia se desvirtuó y nunca nada volvió a ser lo que era.
Apenas consigue recordar, pero su rostro ya no se inmuta. Hace tiempo que perdió la sonrisa, y dicen, los que presagian, que ya nunca la va a recuperar.
Estaba rodeada de hermanos, y también de mascotas. Había en la casa un espacio grande para jugar, y un par de árboles que servían como aditamento para las travesuras.
Hace esfuerzos por recordar aquel pasado. Revive aquellos ciruelos en flor, las frutas pequeñas que se van haciendo más grandes y más rojas con el correr de los días. Cuando maduraban, y caían al piso eran el alimento preferido por las gallinas.
El parral era el lugar que daba fresco a la casa. En las noches de verano sacaban la mesa afuera y cenaban bajo ese techo de hojas y uvas. En los días calurosos era habital que su madre se instalara allí a coser la ropa de sus hijas o encargos ajenos.
Como si se tratara de postales bucólicas, ella recuerda con esfuerzo aquellos fragmentos lejanos de su vida. No puede identificar el instante preciso en el que todo cambió.
Aquella madre paciente y entregada a sus quehaceres domésticos y al cuidado de su familia, se convirtió con el tiempo en un ser radicalmente distinto. Cuesta identificarla en aquel pasado que acaso haya sido feliz, aún sin que ellos lo advirtieran. La familia se desvirtuó y nunca nada volvió a ser lo que era.
Apenas consigue recordar, pero su rostro ya no se inmuta. Hace tiempo que perdió la sonrisa, y dicen, los que presagian, que ya nunca la va a recuperar.
lunes, 22 de noviembre de 2010
Loser
Hay un sabor que no se puede explicar. Una forma de mirar las cosas en general, y la vida en particular que lo ensombrece todo. La filosofía del "pero" siempre presente. Pensamientos que nadie puede comprender, argumentos que no son fáciles de explicar. La contundencia de los hechos, sin embargo, se convierte en una muestra incontrastable de la crudeza de la realidad.
Navegar contra la corriente no es una elección, es una actitud de supervivencia que termina convirtiendo en víctima al héroe inexistente que se esconde detrás del manotazo de ahogado.
Sin lugar a dudas, en las mismas circunstancias a otros les irá mejor. Nadar, nadar, y nadar, siempre con esfuerzo, con responsabilidad, con empuje, sólo para dejarse hundir centímetros antes de llegar a la orilla.
Los desafíos son afrentas no elegidas, formas de disfrazar todo lo que resulta imposible, magnánimo e irreal, y que no obstante, para el común de los mortales no dejan de ser banalidades. Arriesgar la vida en cada una de esas instancias y sentir el amargo pesar de la derrota. Morder el polvo tantas veces que se pierde la cuenta, total, una mancha más qué le hace al tigre!
Y sí, es cierto. El vaso siempre está medio vacío. Es una trampa del destino. Mientras que en otros casos la copa derrama el champagne de la felicidad, allí está a medio camino un ineludible símbolo que nos pone una vez más en el lugar del último orejón del tarro.
No hay bien que por mal no venga. Entonces, más vale una vida gris que traiga sorpresas exultantes de felicidad porque seguro detrás de ese efímero momento habrá una factura muy alta que pagar, al punto de terminar maldiciendo esa miserable gloria fugaz.
Si algo tiene que salir mal, seguramente saldrá de ese modo. No importan los conjuros que intenten hacerse contra los hechizos de la mala suerte. Los ruegos no surtirán efecto, los amuletos tampoco. La ley de Murphy termina siendo la biblia de una religión a la que los loser rinden tributo con cada nueva desgracia.
La vida del loser no es fácil. Y dejar de serlo, tampoco. Se sufre de un modo descomunal por pequeñas cosas, y no se disfruta de lo que vale la pena. Empezar por darle otro enfoque a las cosas implica la necesidad de una nueva vida. El loser está condenado al fracaso. Sabe, de antemano, que cualquier esfuerzo será en vano. Nació estrellado, y habrá pasado por esta vida sin pena ni gloria. Es un loser, y esa nostalgia hace que su vida haya tenido sentido. No pretenderá homenajes, ni el más mínimo recuerdo. No querrá flores porque sabe que tienen espinas. Añorará el final de su vida, pero cuando ese momento llegue llorará porque sabe que arrastrará un karma para su próxima vida.
No hay que intentar consolar a un loser, sólo hay que dejar lo ser.
Navegar contra la corriente no es una elección, es una actitud de supervivencia que termina convirtiendo en víctima al héroe inexistente que se esconde detrás del manotazo de ahogado.
Sin lugar a dudas, en las mismas circunstancias a otros les irá mejor. Nadar, nadar, y nadar, siempre con esfuerzo, con responsabilidad, con empuje, sólo para dejarse hundir centímetros antes de llegar a la orilla.
Los desafíos son afrentas no elegidas, formas de disfrazar todo lo que resulta imposible, magnánimo e irreal, y que no obstante, para el común de los mortales no dejan de ser banalidades. Arriesgar la vida en cada una de esas instancias y sentir el amargo pesar de la derrota. Morder el polvo tantas veces que se pierde la cuenta, total, una mancha más qué le hace al tigre!
Y sí, es cierto. El vaso siempre está medio vacío. Es una trampa del destino. Mientras que en otros casos la copa derrama el champagne de la felicidad, allí está a medio camino un ineludible símbolo que nos pone una vez más en el lugar del último orejón del tarro.
No hay bien que por mal no venga. Entonces, más vale una vida gris que traiga sorpresas exultantes de felicidad porque seguro detrás de ese efímero momento habrá una factura muy alta que pagar, al punto de terminar maldiciendo esa miserable gloria fugaz.
Si algo tiene que salir mal, seguramente saldrá de ese modo. No importan los conjuros que intenten hacerse contra los hechizos de la mala suerte. Los ruegos no surtirán efecto, los amuletos tampoco. La ley de Murphy termina siendo la biblia de una religión a la que los loser rinden tributo con cada nueva desgracia.
La vida del loser no es fácil. Y dejar de serlo, tampoco. Se sufre de un modo descomunal por pequeñas cosas, y no se disfruta de lo que vale la pena. Empezar por darle otro enfoque a las cosas implica la necesidad de una nueva vida. El loser está condenado al fracaso. Sabe, de antemano, que cualquier esfuerzo será en vano. Nació estrellado, y habrá pasado por esta vida sin pena ni gloria. Es un loser, y esa nostalgia hace que su vida haya tenido sentido. No pretenderá homenajes, ni el más mínimo recuerdo. No querrá flores porque sabe que tienen espinas. Añorará el final de su vida, pero cuando ese momento llegue llorará porque sabe que arrastrará un karma para su próxima vida.
No hay que intentar consolar a un loser, sólo hay que dejar lo ser.
sábado, 20 de noviembre de 2010
Helado de frutilla
Siempre sentí rechazo por la cocina y las tareas domésticas. He declarado hasta el hartazgo que soy una perfecta inútil en materia culinaria. Las ollas no se hicieron para mí, y las sartenes mucho menos. En las raras ocasiones en las que no me quedó otra alternativa que cocinar algo para subsistir, recurrí al nunca bien ponderado "sanguche" de huevo frito. Allí estaba yo, haciendo malabares a un metro de distancia para que el aceite no me salpicara.
Hubo un tiempo, sin embargo, que se me dio por incursionar en ese ámbito tan ajeno a mi y lo hice airosamente. Por una vez hacía algo que merecía la aprobación de mi familia. Pero como todo aquello que no se practica, terminó por quedar en el olvido.
En un ataque de nostalgia hoy me levanté decidida a recuperar un poco de la gloria pasada. Compré la crema de leche, una caja de gelatina, leche condensada. Hacía un par de días había comprado abundante cantidad de frutillas. Sin embargo, no pude recordar la receta. Acabé por poner algunas frutillas en un vaso, agregarle azúcar y comerlas mientras miraba la tele. El helado se derritió en mi memoria, sin embargo, me dejó cierta reflexión flotando en mi cabeza.
Entendí que así como se derriten los helados, se desvanecen los recuerdos. Que a veces el sabor de un buen recuerdo es mejor que la cruda realidad, y que hay ciertos recuerdos que mejor no congelar. Que sin recetas hay ciertos objetivos que no se logran. Y que en última instancia, es bueno tener un plan B que nos permita descubrir que hay cosas que pueden saborearse de otra manera.
Definitivamente la cocina no es lo mío... Y el helado, tampoco.
Hubo un tiempo, sin embargo, que se me dio por incursionar en ese ámbito tan ajeno a mi y lo hice airosamente. Por una vez hacía algo que merecía la aprobación de mi familia. Pero como todo aquello que no se practica, terminó por quedar en el olvido.
En un ataque de nostalgia hoy me levanté decidida a recuperar un poco de la gloria pasada. Compré la crema de leche, una caja de gelatina, leche condensada. Hacía un par de días había comprado abundante cantidad de frutillas. Sin embargo, no pude recordar la receta. Acabé por poner algunas frutillas en un vaso, agregarle azúcar y comerlas mientras miraba la tele. El helado se derritió en mi memoria, sin embargo, me dejó cierta reflexión flotando en mi cabeza.
Entendí que así como se derriten los helados, se desvanecen los recuerdos. Que a veces el sabor de un buen recuerdo es mejor que la cruda realidad, y que hay ciertos recuerdos que mejor no congelar. Que sin recetas hay ciertos objetivos que no se logran. Y que en última instancia, es bueno tener un plan B que nos permita descubrir que hay cosas que pueden saborearse de otra manera.
Definitivamente la cocina no es lo mío... Y el helado, tampoco.
jueves, 11 de noviembre de 2010
Vacaciones
Armé las valijas. Saqué el pasaje. A la hora señalada me vi esperando el tren. Un viaje loco, desenfadado. Temor, adrenalina, curiosidad, coraje y un poco de bronca. Necesidad, desesperación, ahogo. Todo eso había en mi equipaje. La mochila era pesada, muy pesada. Me dolía la espalda. Me acostumbré tanto a llevar esa vida de caracol que a veces el dolor se me hace imperceptible. Otras veces, como ahora, siento que tengo una cruz que me obliga a torcer mi pose, que me debilita y que cobra nitidez al más mínimo movimiento.
Un viaje largo, interminable por momentos. Lo había percibido todo: la tarde calurosa, el polvo cubriéndolo todo, el andar lento y agobiante. El silencio. La distancia.
Hice mis planes mentales. Compartí algunos de ellos con gente que conocía. Hubo quienes aprobaron, no faltaron, sin embargo, los que desestimaron la más mínima posibilidad. Le di vueltas en mi cabeza a la idea durante varios días. Hice cálculos, imaginé circuitos.
Escuché los grillos en la noche. Observé la oscuridad más absoluta en las noches silenciosas. Me aislé del bullicio del resto de los pasajeros. Construí relatos de situaciones que llamaron mi atención. Escribí fragmentos de mi experiencia en mi cuaderno de viajes. Tomé cientos de fotografías que nunca iba a conocer en otro formato que no fuera el digital.
Exploré todo lo que pude. Disfruté a pleno. Pero cuando abrí mi billetera, todo se desvaneció en el aire.
Vi irse el tren. La mochila me sigue pesando, y mi cuaderno aún está vacío.
Un viaje largo, interminable por momentos. Lo había percibido todo: la tarde calurosa, el polvo cubriéndolo todo, el andar lento y agobiante. El silencio. La distancia.
Hice mis planes mentales. Compartí algunos de ellos con gente que conocía. Hubo quienes aprobaron, no faltaron, sin embargo, los que desestimaron la más mínima posibilidad. Le di vueltas en mi cabeza a la idea durante varios días. Hice cálculos, imaginé circuitos.
Escuché los grillos en la noche. Observé la oscuridad más absoluta en las noches silenciosas. Me aislé del bullicio del resto de los pasajeros. Construí relatos de situaciones que llamaron mi atención. Escribí fragmentos de mi experiencia en mi cuaderno de viajes. Tomé cientos de fotografías que nunca iba a conocer en otro formato que no fuera el digital.
Exploré todo lo que pude. Disfruté a pleno. Pero cuando abrí mi billetera, todo se desvaneció en el aire.
Vi irse el tren. La mochila me sigue pesando, y mi cuaderno aún está vacío.
martes, 19 de octubre de 2010
Portazo
No esperaba una torta de chocolate. Ni siquiera de crema. Los regalos, a causa de la decadencia de la economía, y los magros sueldos, sabía que serían escasos. Era un día especial, y sin embargo tenía un transcurrir similar a cualquier otro. La misma rutina, pesada, densa, dolorosa rutina.
Había que cumplir los horarios, verle la cara a la misma gente que en su interior no terminaba de reconocer como parte de su entorno. La incomodidad había empezado a carcomerlo desde el momento cero. La padeció, primero lentamente, languideciente. Después cada vez más tortuosa, insoportable desesperación.
Había aprendido a enfrentar siempre las adversidades de la vida. Pero no se sentía con fuerzas para enfrentar una causa a la que no le encontraba sentido. El cuerpo en un lugar y la cabeza en otro. Era lógico que no tolerara esa separación por mucho tiempo más. Necesitaba volver a ser uno.
Se preguntó secretamente cuánto hacía que no desafiaba sus propios límites. Sentía cómo el peso que llevaba sobre sus hombros se iba expandiendo por todo su cuerpo hasta convertirse en un cosquilleo inquietante. Tortura china, dirían algunos.
Instante deliberado en el que la decisión antes dilatada cobraba forma. Impunidad del acto inconsciente. Sensación irrepetible de libertad absoluta. Otra vez el síndrome Truman atacó con fuerza, y ya no hubo vuelta atrás.
El síndrome Truman es el momento mágico en el que el protagonista de The Truman Show, luego de padecer una feroz tormenta que lo puso al límite de sus posibilidades, descubre que en el horizonte había una puerta que lo conducía fuera del set de grabación donde todo el tiempo ojos indiscretos seguían el detalle de cada uno de sus movimientos. Su vida no era una vida como la de cualquiera, y todo estaba digitado desde la producción y la dirección. La puerta era una vía de escape, una salida a la realidad, un abandonar lo conocido y animarse a lo nuevo. Era un patear el tablero. Abrir la puerta y simplemente salir.
Hoy es su cumpleaños, y aunque no es Truman, decidió abrir la puerta y salir de esa zona gris en la que se encontraba. Seguramente se encontrará con incertidumbres, cuestionamientos, riesgos. Pero también una sensación de libertad amplia, enorme, hermosa como pocas. Es como andar en bicicleta cuesta abajo, sentir el frío del viento en la cara, vivir plenamente una fracción de tiempo que hace que todo valga la pena.
No esperaba que hubiera tortas, globos ni piñatas. Hubo un deseo, y él se encargó de hacerlo realidad.
Feliz Cumpleaños!
Había que cumplir los horarios, verle la cara a la misma gente que en su interior no terminaba de reconocer como parte de su entorno. La incomodidad había empezado a carcomerlo desde el momento cero. La padeció, primero lentamente, languideciente. Después cada vez más tortuosa, insoportable desesperación.
Había aprendido a enfrentar siempre las adversidades de la vida. Pero no se sentía con fuerzas para enfrentar una causa a la que no le encontraba sentido. El cuerpo en un lugar y la cabeza en otro. Era lógico que no tolerara esa separación por mucho tiempo más. Necesitaba volver a ser uno.
Se preguntó secretamente cuánto hacía que no desafiaba sus propios límites. Sentía cómo el peso que llevaba sobre sus hombros se iba expandiendo por todo su cuerpo hasta convertirse en un cosquilleo inquietante. Tortura china, dirían algunos.
Instante deliberado en el que la decisión antes dilatada cobraba forma. Impunidad del acto inconsciente. Sensación irrepetible de libertad absoluta. Otra vez el síndrome Truman atacó con fuerza, y ya no hubo vuelta atrás.
El síndrome Truman es el momento mágico en el que el protagonista de The Truman Show, luego de padecer una feroz tormenta que lo puso al límite de sus posibilidades, descubre que en el horizonte había una puerta que lo conducía fuera del set de grabación donde todo el tiempo ojos indiscretos seguían el detalle de cada uno de sus movimientos. Su vida no era una vida como la de cualquiera, y todo estaba digitado desde la producción y la dirección. La puerta era una vía de escape, una salida a la realidad, un abandonar lo conocido y animarse a lo nuevo. Era un patear el tablero. Abrir la puerta y simplemente salir.
Hoy es su cumpleaños, y aunque no es Truman, decidió abrir la puerta y salir de esa zona gris en la que se encontraba. Seguramente se encontrará con incertidumbres, cuestionamientos, riesgos. Pero también una sensación de libertad amplia, enorme, hermosa como pocas. Es como andar en bicicleta cuesta abajo, sentir el frío del viento en la cara, vivir plenamente una fracción de tiempo que hace que todo valga la pena.
No esperaba que hubiera tortas, globos ni piñatas. Hubo un deseo, y él se encargó de hacerlo realidad.
Feliz Cumpleaños!
martes, 12 de octubre de 2010
Desconocido
Insistió en hablarme. Su presencia me irritaba, y le respondí casi sin mirarlo. Sabía, ya lo había visto, que deambulaba de mesa en mesa tratando de ofrecer algunos productos que simulaban un trabajo artesanal pero que a simple vista podía advertirse el engaño.
Me abstraje de la situación y no levanté la mirada hasta que se fue.
Nunca he sido muy paciente, y con el tiempo mi intolerancia se disparaba hasta niveles inusitados. Me insistió. Varias veces volví a rechazar su presencia.
Creo que te conozco me dijo, e hizo un esfuerzo para mirarme a la cara, directo a los ojos. Por supuesto que volví a negarme, y otra vez le aseguré que no era así sin mirarlo. Bueno, está bien dijo con bronca. Para mis adentros lo putee, pensé que si yo no lo molestaba por qué tenía que molestarme él. Mientras lo vi alejarse, se dio vuelta para obtener una mirada general del lugar. Entonces lo pude observar con detalle. Después de tanto tiempo, después de tanto silencio, después de tanto dolor, allí estaba. El azar lo había traído una vez más hasta mis orillas, y de la misma manera lo dejé escapar. Se fue. Definitivamente nunca nos habíamos conocido.
Me abstraje de la situación y no levanté la mirada hasta que se fue.
Nunca he sido muy paciente, y con el tiempo mi intolerancia se disparaba hasta niveles inusitados. Me insistió. Varias veces volví a rechazar su presencia.
Creo que te conozco me dijo, e hizo un esfuerzo para mirarme a la cara, directo a los ojos. Por supuesto que volví a negarme, y otra vez le aseguré que no era así sin mirarlo. Bueno, está bien dijo con bronca. Para mis adentros lo putee, pensé que si yo no lo molestaba por qué tenía que molestarme él. Mientras lo vi alejarse, se dio vuelta para obtener una mirada general del lugar. Entonces lo pude observar con detalle. Después de tanto tiempo, después de tanto silencio, después de tanto dolor, allí estaba. El azar lo había traído una vez más hasta mis orillas, y de la misma manera lo dejé escapar. Se fue. Definitivamente nunca nos habíamos conocido.
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