miércoles, 9 de mayo de 2012

Te regalo el mar

“¿Te gusta el mar? Es tuyo, te lo regalo”, me susurró al oído. Era una mañana de otoño, fría, nublada, ventosa. Hinché mis pulmones de ese aire fresco, expuse mi cara a la brisa marina, como si de alguna manera todo aquello inundara mi alma. Y probablemente lo hacía. La mirada estaba perdida en el horizonte. El ir y venir de las olas, la espuma blanca golpeando y agitándose con intensidad para llegar casi sin fuerzas a diluirse sobre la arena húmeda, eran parte del pequeño mundo que me estaba construyendo imaginariamente, como si no hubiera nada más a mí alrededor y como si lo único importante fuera ese instante mágico. Estuve largo tiempo en silencio. Él simplemente me abrazaba, como si comprendiera que ese momento era una especie de comunión infinita entre el universo y yo. Puede ser incluso que se aburriera un poco. Pero respetó mi silencio, y no sólo me acompañó sino que comprendió la importancia de ese momento. Me regaló una fantasía, de la que me apropié con fuerzas sin temor a que se rompiera. Camino por la orilla del mar y el viento me trae hasta mí aquella frase que retumba en mi cabeza. “Es tuyo, te lo regalo”. Pienso en que es tan inasible, tan inmensamente abstracto y real al mismo tiempo. El mar, como las ilusiones, viene y se va, dejando apenas una huella en la arena que el viento se encarga de borrar. Esas imágenes en sepia invaden mis pensamientos. El marco que envolvía todo aquello puede que se haya desgastado con el paso del tiempo, así como se erosiona todo lo que está expuesto a la acción constante de los factores que generan desgaste y fragmentación. Así en cada paso voy juntando los pedacitos que forman el rompecabezas que hay en mi memoria. Algunas piezas faltan. No sé en qué rincón se perdieron. El paisaje que se forma podría ser casi igual, a excepción de que es absolutamente diferente. En la arena hay huellas de otras pisadas. El mar, indiferente sigue su interminable vaivén. El viento frío me invade. Está el silencio, está la lluvia en el rostro. La conexión con el universo es otra. El mar no me pertenece. Y los recuerdos, tampoco.

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